El señor Chion no era el clásico anciano de larga barba y piel como pergamino del Mar Muerto, era en cambio un hombre de mediana edad, con delicados rasgos orientales, que gozaba moderadamente de la vida, y de quien brotaba la alegría como agua de un resquicio en la roca, pura, fresca y transparente.
Él cuidó de la señora Hu todo ese largo verano, escribiendo con agujas un epigrama secreto sobre el cuerpo de su paciente, y de ese modo antiguo, elemental y sabio que enseña el Tao a los que saben escuchar y saben ver, simplemente restableció la armonía entre el cuerpo y el alma de la señora Hu.
Si todo fue tan fácil como parece, si hubo dolor o tristeza de la que suele haber en estos casos, es algo que no le importa a nadie que se considere en alguna medida discreto, y que por lo demás nunca sabremos; pero, lo que sí le contó la señora Hu a Afrodita una vez de regreso a su casa, fue que ya en los primeros días de ese verano inolvidable, ella supo por fin quiénes eran los misteriosos porteadores de su palanquín en los que pensó tantos días con sus noches:
Un tigre blanco; un dragón; una tortuga negra y un pájaro rojo.
Poesía, matemática, simple lógica.
Si alguien preguntara por la más joven le diría que nunca existió realmente, el señor Hu sólo tenía una mujer muy creativa e inquieta que frisaba en ese tiempo los cuarenta años, a quien amaba más que nada en el mundo, y que nunca regresó al hogar que fundaran juntos poco después de los años de Bambú Verde.
Pero el señor Hu sí la visitó todos los años que le quedaron de vida. Se sentaba solemnemente frente a ella aparentando que no era nada especial, y la observaba leyendo acerca de las rosas, escribiendo sobre rosas o pintando siempre rosas; eso por laberínticas, por la fragancia y por el poderoso símbolo.
A veces ella le leía algún fragmento de sus lecturas, a veces hablaban, y en la mutua compañía comprendían el sentido completo que tiene el milenario arte -de frotar -suavemente -la albahaca -con las manos -hasta extraer -su perfume verdadero, y él sentía que moría de ese modo en que todos morimos cuando somos demasiado felices.
La señora Hu pagó generosamente al señor Chion por sus servicios, guardándolo en su memoria por muchos, muchos años, hasta el último día de su larga vida.
FIN
La hermosa imagen ha sido creada por Luis, a quien agradezco.

Lo que te decía, siempre nos sorprendes.
Felicidades
Tendremos todos la fortuna de encontrar un señor Chion, que nos ordene el cuerpo y el alma?
Quizà mayor fortuna sea, tener la presencia esporàdica de un esposo silencioso, pletòrico de amor y sabio silencio.
Srta.Nièe, gracias, esta entrega suya quedarà por mucho tiempo en mi corazòn.
Genial. Me has hecho reflexionar sobre la idea de que “el mejor pago” es el mantener en nuestro pensamiento y corazón a la persona que se quiere durante toda nuestra vida mortal. Sería el contrapunto de las antiquísimas maldiciones de condenar a alguien en vida expulsándole del grupo, obligandóle al silencio y negarse a verle siquiera.
Me parece un gran final para un bello y hermoso relato.
Esperaremos más…
Un abrazo.
buen texto, sí señor.
Echo de menos tus historias ¿va todo bien? Besos.