
A través de la historia del odre de los vientos que recibiera Ulises para regresar a Itaca, Afrodita me entregó una interpretación mítica para la palabra latencia. Entonces, imaginando el sobrecogedor instante que precede a un temporal de viento y lluvia, pude comprender el mutismo del señor Hu ante lo que ocurría en su casa.
Parecía un signo de vergonzosa complacencia, sin embargo el carácter residual de su fuerza lo hacía potencialmente peligroso y, aunque en efecto era ausencia de sonido, contenía la voz terrible de un ángel exterminador.
Tanto su temperamento sensual como el trabajo lo conectaba con la tierra, y lo inclinaban a pensar que, incluyendo a las mujeres, conocía bien todos los frutos bajo el sol, por lo tanto, el exilio de la señora Hu tuvo una explicación muy simple:
Ella amaba a otro.
Guardó silencio desde que advirtió los primeros indicios de que algo extraordinario se aproximaba, y continuó en silencio hasta muchos días después de ocurrido. No dijo nada cuando ella ordenó que abrieran las ventanas del pabellón del Séptimo Patio y que barrieran el polvo. Tampoco dijo nada cuando trasladaron sus cosas una por una en un sigiloso desfile de personas, almas, y objetos, y calló también cuando la casa quedó finalmente en silencio.
Y todo anduvo bien. Sus actividades no sufrieron ninguna variación. El pan crujía entre los dientes del señor Hu como siempre; el vino bajaba por su garganta, y como de costumbre daba un tibio abrazo a su vientre; las frutas rojas y azules le refrescaban una y otra vez el aliento; el lagar entre la vastedad dorada de sus viñas brindaba generosos ríos de moscatel de Alejandría, y entre las sábanas cada noche lo esperaba una mujer.
A él no le extrañó que todo siguiera bien.
Unos años atrás, una de sus mujeres, la más lista y la más joven, había sido preparada por la señora Hu para que, cuando llegara el momento, diera alegría al señor Hu a través del milenario arte -de frotar -suavemente -la albahaca -con las manos -hasta extraer -su perfume verdadero.
Sabrás, me dijo Afrodita, que no era una tarea fácil la que ella emprendió con la más joven, si consideras que no bastan los besos y abrazos, caricias que si causan placer y no hastío, es porque son una consecuencia natural de hacer primero lo más importante.
Pero al menos intentó asumir el desafío de que la más joven comprendiera la sutileza de un primer movimiento: debía encenderlo, y para lograrlo, necesariamente debía estar encendida con su propia luz. Lo demás era sencillo, desde ese estado de gracia, vendría una mutua comprensión y simpatía, y la alegría de ambos sería otra consecuencia natural.
La más joven lo intentó. Lo intentó con todas sus fuerzas, los dioses saben que lo intentó de mil maneras distintas, pero en la eternidad del minuto previo a desatarse el viento, ella simplemente se volvió invisible para el señor Hu.
Después, a él no le extrañó que las cosas no anduvieran bien.
Siempre atrapado por tu exquisita forma de narrar. Gracias. Cariños.
“milenario arte -de frotar -suavemente -la albahaca -con las manos -hasta extraer -su perfume verdadero”. Esa manera que tienes de sugerir cosas, con la elegancia y la refinada sensualidad que te caracterizan. Es uno de los más extraños que he leído pero, como dice Ernesto, uno siempre queda atrapado por el lenguaje y la increíble capacidad evocativa de tus relatos.
Un abrazo
Señorita Nièe:
Que encantadora manera ha tenido usted, para expresar la carga, la potencia contenida en un silencio, en una abstenciòn.
Muy bellas sus descripciones acerca de las viñas del señor Hu, y perfecta en mi opiniòn, el remate, el cierre de su relato, que nos lleva a conocer a este señor Hu.
Felicitaciones, usted es un encanto.