La casa de Afrodita era la casa del aire, tan arriba estaba sobre los riscos que rodeaban la playa, que el constante batir del viento marino adelgazó sus muros hasta dejarlos traslúcidos, y cuando llegaba la hora de desnudarse para dormir, su voluptuosa sombra hacía una danza a contraluz que a esa altura sólo los cormoranes disfrutaban.
Fundó su casa en lo más alto de esa herradura de rocas, arena y agua en memoria de Folegandros, la isla griega que aseguraba era su patria y en la que, según ella, aún vivía la niña que alguna vez fue.
Con ella mantenía una amistad indisoluble, la mujer y la niña eran eslabones de una misma cadena. Se conocían, se prestaban ayuda mutua, jugaban mucho, y se soñaban. La niña soñaba con una mujer con ojos de lechuza que bajaba de la casa del aire para recoger piedras en la arena y ofrecérselas a ella con las manos abiertas. La mujer soñaba con una niña con ojos de lechuza que vagabundeaba descalza entre las rocas de una isla devolviendo una por una las piedras al océano. Era un juego que les gustaba, era un sueño que siempre volvían a soñar.
Y tan arriba hasta la casa del aire llegó el rabdomante para llevarle el té a la Señora Hu.
No lo hizo personalmente porque era un hombre discreto, pero pudo más la viva simpatía que sintió por la Señora Hu. Por lo tanto, se animó una noche a llamar a la puerta de la tía Afrodita con dos fuertes toques a la campana que oscilaba en la puerta, y con el rostro arrebolado, mirando hacia atrás como si temiera que lo siguieran, le entregó un misterioso bulto de inequívoco aroma vegetal, envuelto cuidadosamente en papel.
Además de hacer en adelante sólo aquello que desee hacer, dile que lo beba todos los días en infusión, que lo beba todo el tiempo, que no deje nunca de beberlo. Algunos se embriagan con su humo, pero ella sólo necesita beber el té prohibido, dijo con prisa antes de desaparecer en la oscuridad.
No había tiempo que perder, Afrodita actuó con rapidez y al amanecer la Señora Hu ya estaba bebiendo la primera infusión.
Unos días después se mudó al Séptimo Patio, y mientras desde la casa del aire una mujer y una niña vigilaban risueñas, hoja a hoja, taza a taza, gota a gota, la Señora Hu bebió perseverantemente el té prohibido.
![dos_mujeres_en_la_ventana[1] dos_mujeres_en_la_ventana[1]](http://marcelahadar.files.wordpress.com/2009/10/dos_mujeres_en_la_ventana1.jpg?w=500&h=624)
¡ Que lindo!
Un tè maravilloso y prohibido…
Parece que el rabdomante tenìa una visiòn diferente de los seres y las cosas.
Percibiò a la niña y mujer que eran sòlo una y les obsequiò algo de su magia para mantener y acentuar esa dinàmica de ensueños.
Precioso su relato amiga Nièe.
Terminè de leer con una gran sonrisa.
Gracias.
La amistad entre Afrodita y la niña me parece muy conmovedora (por lo que me araña por allá adentro). En cuanto al té prohibido…
amistades
No sé por qué (y aunque imagino que hablas de tu mar), al inicio de tu historia casi he olido el mediterráneo de levante. Quizás haya sido por aquello de la playa o la visión de la lechuza, de sus ojos que dicen sabios… En fin, tú en un océano bañada por tus sueños, yo por otro y el Mediterráneo lejos.
Saludos Niée, gracias por tu bonita historia. Leerte abre el caminos de senderos muy hermosos.
Luis
Sí Niée, sí debes y puedes decir lo que quieras. Pienso que sí lo entendí y que lo interpreté después con el matiz de hiperbolismo que tan frecuentemente utilizamos los andaluces. Naturalmente lo encuadré en las imágenes que me sugieren tus historias pero dentro de una estética que también me sugieren esas mismas historias. Como prueba de tragedia (hiperbolizada, sin duda y adaptada sin premeditación, sino como impulso íntimo), te envío y dedico dos estampas que tú, inconscientemente, me sugeriste y que yo interpreté con libertad.
Un abrazo y mi afecto