
Le parecía estar frente a un espacio oculto detrás del velo delgado de una cortina de agua. Si lo palpaba con los ojos cerrados sentía su sustancia tibia, epidérmica; si se aproximaba unos pasos, oía el rumor de otras lenguas y otros signos para comunicarse con la mujer desconocida que cepillaba su cabello con la misma disciplina que ella leía. Toda la existencia era una fruta que podía ser atravesada por el agujero de un gusano.
Nuevas intuiciones le ayudaron a identificar dos espacios posibles para la condición humana: la vida exterior y la vida interior, determinando que la última era un espacio excluyente, sujeto a derecho de autor.
Pronto admitió también la idea de que era una opción libre y soberana, con el simple razonamiento de que nadie puede obligar a otro a tenerla o no tenerla, y su ausencia de ruidos se presentó naturalmente cuando tuvo consciencia de estar dentro, sabiendo que antes tuvo que silenciar una a una las voces destempladas de las inquietudes que hablaban sin esperar su turno.
Siendo hermético como un huevo, la índole vivencial de ese territorio tampoco admitía mapas ni brújulas, y si el mundo lleva a la grey siempre para el mismo lado, la vida interior se mueve al contrario o a veces simplemente no se mueve. De pronto, le fue fácil comprender la desazón de los que pueden llegar a verla como un desafío al sistema gregario o peor aún, como una afrenta.
Pero, la Señora Hu amaba a la gente, el roce de otros cuerpos, el chasquido eléctrico de la riada emocional que sólo nos humedece en contacto con otros, y si bien tenía vida interior, siempre encontraba la forma de tender un puente entre ésta y sus muchos afectos, vivos o muertos.
Ninguno de ellos le preguntó nada cuando se mudó al pabellón del Séptimo Patio, todos lo tomaron como la cosa más natural del mundo, y simplemente la siguieron.
Allí llegaban sus hijos, un par de sobrinas, y una monja franciscana que le llevaba los viernes un diminuto trozo del hábito del poverello prendido en un relicario. Santos rituales, gestos de compasión, y la humana ambición de saber cómo hacía la Señora Hu para quitarles dolores a los niños de la escuela con sólo imponerles las manos en la zona afectada.
Dos espíritus convivían con ella sin estorbar, el de Luis, un seductor que había encontrado su sitio en el armario y curioseaba eternamente entre las bragas de la Señora Hu, y el de una friolenta niña indígena, sacrificada al sol en una montaña de Los Andes, que solía circular por el pasillo que daba a la chimenea dando unos con otros sus dientes de leche.
En las tardes acudía también un niño de carne y hueso; más hueso que carne, a decir verdad, que la llamaba madre, y se acurrucaba a su lado para dormir la siesta en su cama.
Y un hombre que se había declarado su joyero, aduciendo el sólido argumento de que toda mujer debe tener al menos uno en su vida, por dignidad, por impulso celeste; porque las piedras preciosas y el oro del que proveen no son vanidad de vanidades, sino símbolos mandálicos, griales que todos soñamos encontrar al menos una vez en la vida, hechos para calzar en un dedo o abrazar una garganta antes desnuda y oscura. Pobrecillo, nunca se animó a expresarle su verdadero motivo.
Más tres amigas, una que cada cierto tiempo desaparecía sin dejar rastro, para torturarse dulcemente en los antros de opio; otra, que vivía un palmo más arriba de la tierra, la única distancia del mundo que encontró razonable para instalarse a escribir, y una a quien nadie había visto jamás, pero que a menudo le enviaba mensajes y sombreros.
Y por supuesto, Afrodita, que sabía su secreto y tomó cartas en el asunto.
Señorita Niée:
Estuve de visita conociendo a Sus Visitantes y por ahora me quedo con el ritmo y cadencia de sus palabras que me han hecho tanto bien.
Esta opinión continuará….
Cariños para Ud.
Texto de reflexiones, intimista a beves. eu muestrs tanto el mundo interor como rl exteror por e que desfila una galería variopinta de personaje. En mi opinión es un relato de calidad y rompedor.
Cariños
Crece el suspenso; serpentea el misterio enriquecido por las palabras, nos dejas en vilo…
un abrazo