Y el visitante
llegó.
Seguramente
el Dragón que
Kanto soltaba de noche
para que bebiera agua del pozo de Mitsuo
desató la piedra
con sus garras.
O tal vez fue la brisardiente.
El caso es que el visitante
llegó la mañana de Tanabata
y la piedra no estaba atada.
Mitsuo
lo sintió venir
cuando el viajero
aún no llegaba a la Casa de Té,
y se preparó para morir antes de morir.
Cuando el sobreviviente se acercaba al Jardín de Piedra,
en el sagrado hueco Tokonoma ya estaba
el pergamino caligrafiado,
y cerca del pilar de pino rojo, una flor de esas que no hacen ruido.
Discreta…
El agua calentada en el hornillo humeaba en el cuenco.
Y dos tazas esperaban.
Era la sensación de wabi.
La refinada rusticidad
de un espacio
susurrando la naturaleza frágil
y pasajera de la vida.
Y Mitsuo
amaba
otra vez el ritual.
El Señor Sun
estaba de pie con su equipaje
tras la cancela del jardín,
y, antes de inclinarse,
la miraba.
Mitsuo pensó:
Aún brilla…
El Señor Sun entró descalzo a la Casa de Té,
fatigado
tras el largo viaje.
El navegante necesitaba sosiego.
Y el severo samurai que aún meditaba sus límites
en el laberinto del Señor Sun,
atravesó a gatas
por nijiru-guchi.
Pobre Samurai vencido, tuvo que desceñirse la katana
antes de entrar
a la Casa de Té.
Mitsuo limpió los utensilios en midsuya,
oculta a los ojos del huésped,
y, después, con una sola pluma blanca
barrió la ceniza caída.
La pureza…
Todo era wabi,
sencillo,
falto de artificio.
Todo era suave
y sosegado.
Mitsuo vertió el agua con el cacillo de bambú,
sirvió el té,
se inclinó
ante el Señor Sun
y le ofreció una taza.
Todo era silencio.
No hablaban.
No.
Los dos estaban suspendidos,
callados.
Mitsuo y el Señor Sun
amaban
el
ritual.
Y ambos observaron
en todo momento
la mayor cortesía,
en la idea de que
esa reunión
sólo
ocurriría
una
vez
en
sus
vidas.

Creo que estos 3 últimos fragmentos me han transportado a ese lugar.