De mañana, Mitsuo descubrió
a la hiedra de Jazmín abrazada lúbricamente al sol,
florecida,
entregada,
completamente ebria,
de perfume.
Más tarde
llovió, y
el sol se quedó en el firmamento.
Visible.
Quieto
y ardiente.
De noche, Mitsuo divisó al Dragón de la Fortuna
merodeando por el Jardín de Piedra,
bebiendo agua del pozo Ruido de Agua,
muy cerca
de
la
Lámpara
Yukimi
y del ciruelo rojo.
Y cuando el agua
bajaba
por
su
garganta,
Mitsuo escuchó
el sonido
de dos varas de bambú
tocándose.
Se lo dijo a Kanto y él anunció impasible:
“Alguien viene”
Y agregó:
Mi maestro de té solía decir
que desde el momento en que el visitante pisa el sendero de piedra del jardín
hasta la hora de marcharse de la casa del anfitrión,
debería observarse la mayor cortesía,
en la idea de que
la reunión
sólo ocurrirá
una vez en la vida.
¿Qué más dijo su maestro de té? Preguntó Mitsuo.
También dijo que si el visitante no es bienvenido,
la anfitriona puede atar una cuerda negra a esta piedra,
y dejarla en el sendero que lleva
a la Casa de Té.
El visitante sabrá qué hacer cuando la vea.
Mitsuo,
tomó la piedra de Kanto
y
la
dejó
atada
con
una
gruesa
y
larga
cuerda
negra.
En el sendero.
Cerca del pozo Ruido de Agua.
Expuesta a la brisardiente.


Me produjo una tristeza antigua este relato.
Es una manera tan especial de cerrar una etapa quizá.
O es simplemente un rechazo.
Muy hermoso, gracias Niée