De tanto beber tisanas de lavanda
Mitsuo llegó a creer
que el Señor Sun
no existía.
Pero ella era al Señor Sun
lo que una campana de viento
a una brisa.
Él la movía, la agitaba.
Sua
ve
men
te,
la movía.
Como si Mitsuo fuese una campana de viento
que colgara desnuda de la rama del sugi
y el Señor Sun,
brisardiente.
Por tal razón, ignorando que el Señor Sun ya había desembarcado
cerca del Monte del Emperador,
Mitsuo le escribió una carta a Joi Chi San,
que rezaba de este modo:
Suplico al feliz condenado por el poderoso Trono del Crisantemo
a pintar para siempre
los sueños propios y ajenos sobre seda,
que algún día,
ahora,
el próximo año,
o en el siglo venidero,
pinte el retrato de un hombre
a sus 49 años,
con bellos rasgos orientales y
vestido como si viniera de occidente,
siguiendo la Corriente Negra.
Y unos días después, Joi Chi San,
pintó un bello retrato
del Señor Sun
fumando su infaltable tabaco Reig.
Al verlo,
Mitsuo pensó
que entre el humo y humus del hombre del retrato,
algo había cambiado
después de
tantos años,
pero, faltando pocos días para Tanabata,
no podía imaginar qué era.
Sin poder dejar de pensar
que el talentoso Señor Tortuga de Agua
sabía de sus sueños
más que ella misma,
se inclinó agradecida ante su luz.

“El talentoso Señor Tortuga de Agua sabía de sus sueños más que ella misma,…”
Curioso como se han mezclado en mi mente “la linterna roja” y “Bladerunner”.