El Señor Sun dejó su hogar
y se marchó lejos,
siguiendo la corriente de Kuroshio.
Y giró por el mundo.
Giró en el
sentido
contrario
de las
agujas
del
reloj.
Y las ruedas del cielo
giraron sin ruido.
Navegó por aguas veloces,
cálidas,
y se inclinó arrobado
ante el inmenso Azul.
Viajó largo tiempo,
y los días se tornaron de arena.
Pasó corrientes sinuosas,
frías,
y el dulce marinero amarillo,
cosechó peces verdes.
La muerte quiso besarle los labios,
pero, cegada por el resplandor,
hubo de inclinarse ante el hombre encendido.
Así, como suele ocurrir
con aquellos que siguen su fatum,
desembarcó a salvo,
muy cerca
del Monte del Emperador.
Por entonces,
faltaban seis días
para celebrar Tanabata
y colgar otra vez los deseos del bambú.
Faltaban sólo seis días
para hacer otra fiesta
en memoria del momento perfecto en que Altair y Vega,
la estrella más próxima al sol,
complacen sus deseos
la noche del séptimo día,
en el séptimo mes
del
calendario lunar.
