Hayku preparó el equipaje del Señor Sun en silencio.
Por la ventana abierta
se veía caer una lluvia de Loto Sagrado
que el viento arrastraba hasta la casa y derramaba sobre el piso.
El Señor Sun se marchaba,
cruzaría el mar con la Corriente Negra
en busca de aquello
que lo había encendido y,
sentado frente a la ventana,
miraba la lluvia
agitar las campanas de viento.
Ambos sabían que nada sería lo mismo si es que regresaba,
y el corazón les dolía.
De pie sobre una movediza y fragante alfombra,
la Señorita Kuei recordó la esencia
hecha con maderas de sándalo y rosa
y la guardó
envuelta en un pañuelo de seda,
entre las albas camisas de su Amado Arco de Mediodía.
Encendido,
el Señor Sun se marchaba.
Seguiría la Corriente de Kuroshio,
hasta el otro lado del mar.
Y la Señorita Kuei,
sombra ligera de una pagoda suspendida sobre un río amarillo,
lo dejaba ir.
Al despedirse, la Señorita Kuei se inclinó ante su Amado Arco del Mediodía
y pronunció las palabras
de Po Chu I,
el bardo aquel acostumbrado a los destinos remotos:
“Come sin preocuparte, y piensa en mí cuando comas…”

Sencillamente delicioso
Aunque no se adapte a la norma estricta -lo cual es pura lógica en un cuento-, ésta, y muchas de tus narraciones, se asemejan a una cascada de haikus hermosamente encadenados.