Mitsuo no sabía como le iba la vida al Señor Sun,
ignoraba que él vivía escindido entre dos mujeres, una parecida a un árbol de bambú,
la suya,
y otra que era como un cuenco lleno
de espuma de líquido de jade.
Precisamente, ella.
Mitsuo no llegaba a saberlo,
absorta como estaba en la intuición
de que es posible morir antes de morir,
y se preparaba para ello,
imaginando el espacio en que ocurriría.
Imaginaba un jardín de piedra,
con el pozo de agua,
un sendero hecho de piedras planas,
la verja de bambú
y una lámpara yukimi…
No se ocupaba en desear,
sólo en imaginar.
Vivía plácida en un laberinto imaginario.
No oponía resistencia,
y las cosas llegaban.
Pero nada es tan simple,
los recuerdos son la fuente de la que bebe el deseo.
Así ocurrió la primera vez que se enfadó por la rudeza del Señor Sun,
en esos años,
cuando oponía tenaz resistencia a la distancia y, en consecuencia,
era un ave que siempre volaba en dirección al Señor Sun.
Me entristece la soledad de Mitzuo.
¿Será frecuente en muchas vidas?
La placidez de un irreal laberinto, será suficiente?
Cariños