Mitsuo estaba libre de deseos.
La visión leve de esa antigua sutileza de sus almas
no la perturbó lo suficiente como para desear volver a ser
en la vida de su amante
lo que había sido:
una Casa de Té en el país del Sol Naciente: bella, delicada y deleitosa;
una casa silente con un sendero
hacia su jardín de piedra interior;
hecha para vivir y morir en ella
enfermo de la melancolía que nos embarga
cuando somos demasiado felices.
El deseo era agua
que pasaba sobre ella sin moverla.
Conocía el arte de la dinastía Sung
en preparar y servir en el cuenco abierto de su cuerpo
la espuma del líquido de jade,
el té verde.
Té verde y un bombón,
ese había sido su alimento,
y en el pasado imperfecto,
era todo lo que le ofreció de comer y beber al señor Sun,
un bombón relleno de té verde.
Y el señor Sun moría lentamente sin saberlo…
Ahora, el deseo era lluvia
que caía sobre ella sin mojarla.
No pudieron encontrarse,
y perdieron el rastro uno del otro.
Estaban lejos…
Mitsuo estaba lejos del Señor Sun y ya no bebía líquido de jade.
