DESDE EL SERRALLO
Mayo 7, 2008 por Niée

En el séptimo serrallo de Argel todo es azul, los velos de seda que cubren la piel con matices imposibles; el aceite ardiente de las lámparas; las cortinas atrapando cuerpos que repentinamente se cruzan; las cuentas de los collares enredados en el cuello; las flores prisioneras en jarrones para siempre, y hasta el eunuco negro azulado que vigila nuestros pasos.
Sí, aquí todo es definitivamente azul, excepto los ojos de jade de mi señor, tan verdes y sombríos.
En este espacio enorme no hace frío ni calor, pues él ha dispuesto abanicos de plumas para procurarnos brisa tibia; y como su generosidad no tiene límites, encerradas aquí nunca nos perdemos de nada, pues dio precisas instrucciones de abrir 250 ventanas hacia las llanuras y ríos que caen a pedazos en el Mediterráneo.
El gineceo del Bienamado alberga mil mujeres dispuestas para su gozo y él puede disfrutar de todas si le place; y en la exasperante espera, el tiempo pasa sobre nosotras sumergidas lánguidamente en agua perfumada; cepillándonos las negras cabelleras y devorando almendras hasta el hartazgo, golosas, retozonas, pues sabemos que le gusta la carne voluptuosa.
Sé también que su apetito es lo que el viento en la alcazaba, y yo que por mil noches y una noche disfruté el privilegio de ser su favorita, no olvido aún la forma en que echaba a caminar sus besos por la rosa curva de mi espalda, cómo la celebraba con versos prohibidos, para después engarzar su cuerpo en el mío.
Ahora, dadivoso él, me visita una vez al año, siempre con luna.
Como todas las tardes, el eunuco me encuentra en el espléndido ocio de recorrer una por una las 250 extensiones de mis ojos en buscar del mar, se da importancia en la solemnidad del gesto y susurra en mi oído: “Esta noche viene tu señor”
.
No estaré, no estaré, no estaré, repite obstinadamente mi lengua que muere por cruzarse con la suya, pero no estaré.
Y así, por la noche, cuando comienza la música, las baladiscas y los gritos de las mujeres cruzan el desierto como pájaros, todo se hace sombra y deseo entre los muros; rumores y perfumes orgiásticos; crujidos de seda, risas y cadencias, todo es poco para el halcón concupiscente que se acerca con su séquito, y no encuentro salida, sólo yo estoy viva entre mil mujeres muertas en el serrallo.
Sólo yo y Zaida, que me viste en silencio, trenza mi cabello y lo perfuma con almizcle; ella, que me mira con ternura y me acaricia como una madre a su cachorro lastimado.
¿Has visto lo hermoso que está el mar esta noche de luna? –me pregunta asomando sus ojos por la celosía, y yo que comprendo su intención, espero anhelante a que abra la ventana.
Después todo ocurre de prisa, aire al viento en una noche de luna y abro los brazos reconociendo la emancipación que trae el frío; vuelo un instante con todo el cuerpo alerta y quedo suspendida, entregada y quieta con la mirada perdida entre el serrallo y la Kasbah, después todo es profundo mientras caigo velozmente, y el mundo es el eterno azul vacío en el que se estrellarán mis ojos.
Cada vez más atrapado por el encanto de tus palabras.
Gracias por hacernos sentir tantas sensaciones y sueños.
Ernesto, gracias a ti.
Un saludo,
Hola Niée, ya he regresado de nuevo a la blogesfera y me he puesto al día.
El texto es precioso, pero la esencia está entre las líneas donde se detecta ( y te entristece) la dulce agonía de una de esas mil concubinas.
Enhorabuena
Hola dostospos, me alegra verte de regreso en La Rosa, comenzaba a preguntarme dónde andarían tus pasos.
Has interpretado muy bien la historia, esa tristeza asociada a la jaula dorada está en la base de lo que quise comunicar.
Un abrazo,